


Cuando voy a Francia, una de las cosas que más me complace hacer, en contra de la torturada voluntad de mi marido, es pasear mirando las preciosas vidrieras o escaparates de las Jabonerías Artesanales. A los Franceses, por supuesto, les encanta todos los productos relacionados con los placeres de aseo personal y la pesentación o packaging de un simple jabón de aceite de oliva se convierte en todo un arte. Cuando se entra en un almacén de jabones artesanales nos envuelve un aroma exquisito de rosas, lavanda e infinidades de frutas tropicales y flores. La delicadeza de los bordados y encajes hechos a mano en toallas y sobre cualquier detalle de blanquería nos conmueve e incita irresistiblemente a usar la tarjeta de crédito. Algunos jabones son enormes cortes de pan hecho a mano, algunos tan delicados como rústicos. Una delicia a la hora de elegir un regalo. En la foto, visitando un negocio en Carcassonne, dentro del castillo.